Rama Dulcinea

Rama Dulcinea era limeña y tenía una mejilla tan hermosa como la mejilla de la luna y tan suave como la inspiración del poeta. En contraste, Carmelo Jordán procedía de las arenas calientes de Israel y era paisano de profetas y escorpiones. Tenía la piel tan azotada por los vientos del desierto y tan curtida por la soledad de los mares que parecía pellejo de rinoceronte.

Rama Dulcinea tenía unos ojillos color miel que insinuaban cierta melancolía y una voz de terciopelo que tranquilizaban los ánimos y suavizaban las penas del buen judío; pero él tenía una mirada acuciosa y profunda, una voz de trueno, el alma acrisolada como un pedernal y unos puños tan duros y pesados que parecían talegos de plomo.

Las manos de Rama Dulcinea eran de seda y parecían crisálidas de las que acababan de emerger las mariposas pero cuando hacían contacto con los puños de plomo del buen judío, éstos se convertían en llamas de fuego que incendiaban su alma.

En fin, cuando Rama Dulcinea hablaba, era tierna y comprensiva; cuando callaba, encantadora y apacible; cuando sonreía y jugaba, era simplemente angelical; pero cuando dormía o lloraba, se convertía en un suspiro que se mimetizaba con el viento…

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