Café púrpura

A la hora que el campanario de la Catedral repicaba con insistencia, el humo de las viejas tabernas se elevaba al cielo, y las grandes mejillas de la luna se dejaban ver entre las copas de los árboles, el coronel Carmelo Jordán ordenó por su acostumbrado café  púrpura y se sentó a escribir:

“Rama Dulcinea, dulzura tan antigua y tan nueva, estoy escuchando esta tenue melodía que me viene del mismísimo lago de los cisnes, que me acompaña tan de cerca como tu recuerdo mientras mis penas parecen alejarse con el viento. En mi mente veo tu silueta debajo de la catarata y el agua cristalina deslizarse presurosa entre tus senos desnudos; mi memoria parece romperse como una pequeña burbuja de jabón mientras la música y el viento me hablan de ti…” (La historia de un beso, página 101).

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