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El humo de tu existencia

Ayer mientras viajaba de Moquegua hacia Arequipa, a las 4:30 de la mañana, ubicado en el asiento número uno del segundo piso del bus panorámico, pude ver de nuevo el hermoso parpadear del alba y las grandes mejillas de la luna, y me vino un efluvio de inspiración:

Tu recuerdo lejano me acaricia el pensamiento,
Tu voz de terciopelo acompaña mi silencio,
La llama de tus besos parece incendiar mi alma,
Pero, ¡ay!, el humo de tu existencia se aleja con el viento…

Café púrpura

A la hora que el campanario de la Catedral repicaba con insistencia, el humo de las viejas tabernas se elevaba al cielo, y las grandes mejillas de la luna se dejaban ver entre las copas de los árboles, el coronel Carmelo Jordán ordenó por su acostumbrado café  púrpura y se sentó a escribir:

“Rama Dulcinea, dulzura tan antigua y tan nueva, estoy escuchando esta tenue melodía que me viene del mismísimo lago de los cisnes, que me acompaña tan de cerca como tu recuerdo mientras mis penas parecen alejarse con el viento. En mi mente veo tu silueta debajo de la catarata y el agua cristalina deslizarse presurosa entre tus senos desnudos; mi memoria parece romperse como una pequeña burbuja de jabón mientras la música y el viento me hablan de ti…” (La historia de un beso, página 101).

Rama Dulcinea

Rama Dulcinea era limeña y tenía una mejilla tan hermosa como la mejilla de la luna y tan suave como la inspiración del poeta. En contraste, Carmelo Jordán procedía de las arenas calientes de Israel y era paisano de profetas y escorpiones. Tenía la piel tan azotada por los vientos del desierto y tan curtida por la soledad de los mares que parecía pellejo de rinoceronte.

Rama Dulcinea tenía unos ojillos color miel que insinuaban cierta melancolía y una voz de terciopelo que tranquilizaban los ánimos y suavizaban las penas del buen judío; pero él tenía una mirada acuciosa y profunda, una voz de trueno, el alma acrisolada como un pedernal y unos puños tan duros y pesados que parecían talegos de plomo.

Las manos de Rama Dulcinea eran de seda y parecían crisálidas de las que acababan de emerger las mariposas pero cuando hacían contacto con los puños de plomo del buen judío, éstos se convertían en llamas de fuego que incendiaban su alma.

En fin, cuando Rama Dulcinea hablaba, era tierna y comprensiva; cuando callaba, encantadora y apacible; cuando sonreía y jugaba, era simplemente angelical; pero cuando dormía o lloraba, se convertía en un suspiro que se mimetizaba con el viento…

Intimista

Especialmente a la hora que agoniza la tarde y nace la luna, me vienen a la mente una galería de recuerdos lejanos vestidos de fucsia, envueltos en sueños y suaves aromas… Pero no sé, no sé. Poco a poco se desvisten y quedan desnudos, tan solos y tristes como mis noches de invierno… ¡Ay de mí!